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ALERTA ROJA EN “CUARTOS DE GUERRA”

COLUMNA: REFLEXIONES DE UN LECTOR

*La farsa de las encuestas
*Debates, el Gran Teatro Político

Alejandro A. Ruz/ Sol Yucatán

El oscuro telón de la política yucateca se ha vuelto más evidente que nunca, como un espectáculo grotesco que no deja de sorprender y decepcionar a la ciudadanía.

La reciente fotografía de la familia Cervera Hernández divulgada por todos los medios, incluidos los digitales, fue un mensaje dirigido a la clase política, en especial a la del Partido Revolucionario Institucional, y que ha desatado una serie de reacciones que reflejan lo peor de nuestro sistema político.

Los “Cuartos de Guerra” de los principales institutos políticos se han convertido en escenarios de desesperación, donde la lucha por el poder parece justificar cualquier medio, por más deshonesto que sea.

La imagen que circuló por todos los medios, especialmente en redes sociales, no hizo más que exponer la miseria moral que permea en la política local.

Ante la amenaza de perder terreno, los equipos de campaña han recurrido a tácticas cuestionables, como la manipulación de sindicatos y grupos de interés para respaldar a sus candidatos sin siquiera informar claramente sobre sus verdaderas intenciones.

Una vez más, los trabajadores yucatecos se han convertido en víctimas de la maquinaria política, utilizados como peones en un juego de intereses partidistas.

Pero la situación no se detiene ahí. La presión ejercida sobre los empleados de varias dependencias por parte de sus superiores, que ahora incluye amenazas para asegurar votos por determinado candidato, revela la profundidad de la corrupción y el autoritarismo que impera en algunos sectores.

Esta coacción no solo atenta contra la integridad de los trabajadores, sino que socava los principios democráticos sobre los cuales se supone que se basa nuestro sistema electoral.
El oportunismo político y la falta de principios han alcanzado niveles alarmantes, dejando en evidencia la fragilidad moral de quienes buscan el poder a toda costa.

Ciudadanos que antes simpatizaban con ciertos partidos y líderes políticos se sienten ahora defraudados al ver cómo estos cambian de bandera sin el menor pudor, olvidando los ideales que alguna vez prometieron defender.

Ahora la estrategia de desinformación y difamación se ha convertido en moneda corriente, con campañas que buscan desacreditar a los oponentes sin aportar pruebas contundentes, basándose únicamente en el rumor y la calumnia. Las calles se llenan de basura política en forma de lonas y volantes, contribuyendo a ensuciar el espacio público y saturar el ambiente con mensajes vacíos y manipuladores.

Y en este entorno se han echado mano a supuestas encuestas que posicionan a los candidatos de quienes les pagan.

Y es que, en el vertiginoso escenario político actual, las encuestas electorales se han convertido en una herramienta omnipresente, una especie de oráculo moderno que pretende prever el futuro político.
Sin embargo, su uso indebido ha desviado su propósito original, convirtiéndolas en armas de manipulación y desinformación.
Las encuestas electorales, cuando se realizan de manera rigurosa y ética, pueden ofrecer una visión útil de las tendencias y preferencias del electorado. Son una herramienta invaluable para los partidos políticos, los medios de comunicación y los ciudadanos interesados en comprender el panorama electoral.
Sin embargo, su mal uso socava la integridad del proceso democrático y distorsiona la percepción pública de la realidad política.
Uno de los problemas más acuciantes es la publicación irresponsable de encuestas sin el debido contexto y análisis crítico.
Los titulares sensacionalistas que proclaman victorias aplastantes o derrotas inevitables pueden influir en el comportamiento del electorado, desalentando la participación o favoreciendo estrategias de voto táctico en lugar de decisiones informadas.
Además, el momento en que se realizan y publican las encuestas puede tener un impacto significativo en su interpretación.
Las encuestas tempranas pueden influir en la percepción de la viabilidad de ciertos candidatos, mientras que las encuestas de salida pueden moldear la narrativa en torno a los resultados finales. Esta manipulación del tiempo y la presentación de los datos pueden distorsionar la realidad política y socavar la confianza en el proceso electoral.
Otro problema grave es la manipulación intencional de los resultados de las encuestas con fines partidistas o económicos. La selección sesgada de la muestra, la formulación tendenciosa de las preguntas y la interpretación selectiva de los datos son prácticas comunes que distorsionan los resultados y generan una percepción errónea de la opinión pública.
En este contexto, nos enfrentamos al espectáculo circense de la política contemporánea, los debates electorales que se han convertido en un reflejo deprimente de la decadencia de nuestro sistema democrático.
Pues más que ofrecer un espacio para la discusión de ideas y propuestas, estos eventos se han transformado en una arena de confrontación vacía, donde los candidatos se esfuerzan más por desacreditar al oponente que por presentar soluciones concretas a los problemas que enfrenta nuestra sociedad.
Tanto en el ámbito local como en el nacional, los debates electoreros se han convertido en un escaparate de agresiones, descalificaciones y discusiones estériles.
Los yucatecos merecen información sustancial para tomar decisiones informadas en las urnas y hoy los han convertido en testigos mudos de un espectáculo bochornoso en el que se priorizan los ataques personales y las estrategias de desestabilización sobre el diálogo constructivo y las propuestas concretas.
¿Dónde quedaron los debates fundamentados en ideas y soluciones?
¿Qué ha pasado con la ética y la responsabilidad de los candidatos hacia los ciudadanos que confían en ellos para liderar nuestros destinos?
En lugar de ofrecer claridad sobre sus planes y políticas, los políticos se enredan en una batalla de egos, donde el ganador no es aquel con las mejores ideas, sino aquel capaz de lanzar el insulto más ingenioso o de esquivar las preguntas más incómodas.
Ya es hora de exigir un cambio. Los debates deberían ser espacios de verdadero intercambio de ideas, donde los candidatos se comprometan a discutir sus propuestas con seriedad y respeto hacia sus contrincantes y hacia los ciudadanos que los observan.
Necesitamos que los moderadores cumplan su rol de garantes del debate equilibrado, evitando que se convierta en un circo mediático donde el sensacionalismo y la confrontación eclipsen la verdadera substancia de las discusiones y que, además, no respondan a intereses de grupos, como los emanados de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), asociación de propietarios, editores y directores de diarios, periódicos y agencias informativas de América, y sus filiales.,
Ya basta de tanta basura discursiva, queremos que los debates electorales recuperen su verdadero propósito: informar y empoderar a los ciudadanos, en lugar de entretener a las masas con un espectáculo degradante que socava los fundamentos mismos de nuestra democracia.

Correo electrónico: aleruz108@gmail.com

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