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Soberbia del junior

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Descontrol en Palacio

  • Si Huacho no puede con su casa a casi dos años de gobierno, ¿cómo podrá con Yucatán?

José González/ Sol Yucatán

El poder borra de golpe la memoria, pero, sobre todo, desnuda la verdadera naturaleza de quienes lo ejercen. Prometieron austeridad, cercanía con el pueblo y el fin de los privilegios; sin embargo, a casi dos años de haber tomado las riendas del estado, los vicios de la vieja política vuelven a quedar expuestos en el ojo público, alimentados por las graves denuncias que circulan en redes sociales sobre un presunto altercado en la costa yucateca.

De acuerdo con las versiones e imágenes difundidas en plataformas digitales por presuntos testigos, la madrugada del fin de semana se convirtió en el escenario de un penoso incidente en la discoteca Clásico. Los señalamientos apuntan directamente al hijo del gobernador Joaquín «Huacho» Díaz Mena y a los escoltas oficiales que presuntamente lo custodiaban.

Según lo expuesto en redes, tras un conato de bronca donde un joven cayó al suelo, la violencia presuntamente escaló por la intervención de los propios guardespaldas del «junior», quienes habrían agredido al sujeto inmovilizado.

De confirmarse estos señalamientos, no estaríamos ante un simple «pleito de muchachos», sino ante una muestra descarada de soberbia del poder y uso indebido de las fuerzas de seguridad.

Redes sociales exhiben el uso del aparato estatal.

¿Hasta cuándo el presupuesto pagado por los yucatecos seguirá sirviendo para que elementos de seguridad actúen, presuntamente, como guaruras de discoteca de la prole del gobernador?

Mientras las colonias y municipios reclaman mayor vigilancia y policías capacitados, las redes sociales se encargan de recordar a la ciudadanía cómo la seguridad pública del Estado termina envuelta en escándalos nocturnos para solapar caprichos de juniors.

A casi la tercera parte del sexenio, la famosa «austeridad republicana» y la «transformación» quedan reducidas a discursos huecos cuando los testimonios digitales exhiben a guardespaldas oficiales actuando como un presunto brazo ejecutor del los desaseos familiares.

A casi dos años de gestión: ni a su entorno controla, menos al Gobierno.

La indignación vertida en los comentarios de las publicaciones es rotunda y plantea una interrogante inevitable. A casi dos años de haber asumido el poder, si el «trovador de San Felipe» no tiene la autoridad moral ni el firme liderazgo para frenar a su propio círculo cercano, ¿cómo pretende gobernar Yucatán?

Gobernar un estado no se limita a tomar la guitarra, posar para la foto o emitir boletines de prensa para apagar incendios en plataformas digitales. Exige congruencia, autoridad y límites claros. Tras casi 24 meses en Palacio de Gobierno, el desgaste es evidente y la permisividad hacia su entorno resulta alarmante.

Falta de autoridad moral. Si el mandatario tolera o solapa los presuntos desmanes de su familia, la señal hacia la burocracia es de absoluta impunidad.

Fuerza pública cuestionada. Ver a escoltas del Estado señalados por agresiones en centros nocturnos mina la confianza ciudadana en las instituciones de seguridad.

Promesas rotas. A casi dos años de distancia, la imagen de un gobierno humilde se desmorona ante la percepción de una nueva dinastía de mirreyes protegidos.

Yucatán no necesita un «papá alcahuete» mientras las redes sociales ventilan la presunta prepotencia de su familia. El ejecutivo estatal está obligado a salir, dar la cara, aclarar los hechos denunciados y retirar de inmediato la custodia pública a quien no ejerce un cargo oficial. Si a casi dos años de mandato la soberbia de Palacio ya se desbordó hasta las pistas de baile, el rumbo de la gobernabilidad en el estado parece, por decir lo menos, a la deriva.

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