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Opinión

CANDIDATOS TÓXICOS: UN PELIGRO PARA LA SOCIEDAD

*La victimización como estrategia

*Con saber a dudas

Alejandro A. Ruz /Sol Yucatán

Si bien en la democracia la diversidad de opiniones y la competencia política son esenciales para mantener un sistema saludable, cuando la contienda política se convierte en un terreno marcado por la toxicidad y la violencia, la integridad del proceso democrático se ve amenazada. 

En las últimas semanas nos hemos enfrentado a una preocupante actitud de candidatos que no solo abrazan la toxicidad en su discurso y acciones, sino que también recurren a la violencia política como una herramienta para alcanzar sus objetivos.

Estos candidatos tóxicos son un síntoma de una enfermedad más profunda en nuestra sociedad, una enfermedad que erosiona los cimientos mismos de nuestra democracia. 

Se valen de la polarización, la desinformación y el miedo para alimentar sus campañas, en lugar de recurrir a un debate informado y constructivo sobre los problemas que enfrentamos como sociedad.

La toxicidad en el discurso político no solo socava la confianza en nuestras instituciones democráticas, sino que también tiene consecuencias reales y tangibles. 

Sus descalificaciones solo incitan al odio, fomentan la división y desalientan la participación ciudadana. 

Cuando los candidatos recurren a la violencia política, están poniendo en peligro la seguridad de sus oponentes, de sus seguidores y de la sociedad en su conjunto.

Los candidatos, como líderes políticos, tienen la responsabilidad de fomentar un clima de respeto y diálogo, donde las diferencias sean resueltas de manera pacífica y constructiva.

Estrategias peligrosas

Ahora bien, desde las precampañas hemos percibido el uso manipulador de la victimización y autovictimización como estrategia político-electoral, fenómenos intrigantes y polarizantes que han encontrado un lugar destacado en el panorama político contemporáneo. 

Estas tácticas, si bien no son nuevas, han adquirido una prominencia notable en la era de la comunicación digital y las redes sociales, donde la narrativa y la percepción pueden tener un impacto abrumador en la opinión pública.

Por ejemplo, la victimización, en su forma más básica, implica retratar a un individuo o grupo como víctima de circunstancias adversas, ya sea reales o percibidas. 

Esta estrategia puede ser utilizada para generar empatía, solidaridad y apoyo hacia la persona o el grupo en cuestión. 

Pero, por otro lado, la autovictimización implica que el propio individuo o grupo se retrate como víctima, a menudo con el propósito de desviar la atención de acciones cuestionables o para justificar comportamientos controversiales.

En el ámbito político, tanto la victimización como la autovictimización pueden ser herramientas poderosas para manipular la percepción pública y obtener ventajas electorales. 

Y es que, en este teatro político, donde las pasiones democráticas se desbordan y los intereses compiten ferozmente, la victimización del oponente ha emergido como una estrategia común, pero peligrosa. 

En lugar de debatir ideas y propuestas, algunos candidatos prefieren acusar a sus adversarios como los artífices de lo peor en la sociedad y ser ellos mismos víctimas de conspiraciones, ataques injustificados o persecuciones políticas. Esta táctica, lejos de enriquecer el debate democrático, socava los principios fundamentales de la política pluralista y presenta una serie de riesgos que merecen atención y reflexión.

Uno de los peligros más evidentes de la victimización del oponente es su capacidad para desviar la atención de los problemas reales y urgentes que enfrenta una sociedad.

Cuando los candidatos se dedican a presentarse como víctimas de una supuesta injusticia, distraen a los votantes de los asuntos sustanciales que afectan sus vidas, desde la economía hasta la educación o la salud pública. 

Hoy, en los “Cuartos de Guerra” de los candidatos y los partidos políticos y sus estrategas, señalan a los opositores como entes maliciosos que dañan a su base electoral y, además, exageran incidentes o conflictos menores para presentarlos como ataques injustificados contra ellos.

Asimismo, hacen un uso excesivo e insultante de discursos que enfatizan la idea de que ellos o su base son víctimas de injusticias o discriminación, lo que aumenta la solidaridad y la lealtad dentro su partido.

Pero cuando se refieren a ellos mismos se presentan como víctimas para generar solidaridad y empatía entre sus seguidores, lo que creen que fortalece la cohesión interna.

Esta manipulación de la atención pública puede conducir a una disminución del compromiso cívico y una erosión de la confianza en el proceso político.

Además, la victimización del oponente fomenta un clima de polarización y confrontación que obstaculiza el diálogo constructivo entre las diferentes facciones políticas. 

En lugar de buscar puntos en común y compromisos que beneficien a toda la sociedad, esta estrategia alimenta la desconfianza y el resentimiento entre los contendientes y sus seguidores. 

La demonización del oponente como víctima inocente de ataques injustificados alimenta una cultura política tóxica donde la cooperación se convierte en un signo de debilidad y la confrontación en una virtud.

Otro riesgo significativo de la victimización es el potencial para minar la integridad del proceso electoral. Cuando un candidato acusa a su rival como factor útil de fuerzas malignas, está implicando que el sistema democrático está siendo manipulado o corrompido de alguna manera. 

Esta narrativa, como la utilizada en los seudo debates, erosiona la confianza en las instituciones políticas y lleva a un aumento de la apatía electoral o incluso a la radicalización política. 

Además, si la victimización se basa en acusaciones infundadas o en teorías conspirativas, se corre el riesgo de socavar la legitimidad del proceso electoral y el Estado de Derecho.

Los políticos y partidos pueden presentarse como defensores de los desfavorecidos, aprovechando la simpatía y el apoyo de aquellos que se identifican con la causa de la supuesta víctima. Estrategia que puede ser especialmente efectiva en contextos donde existen tensiones sociales, desigualdades económicas o conflictos étnicos.

No obstante, el uso excesivo o manipulador de la victimización y la autovictimización puede tener consecuencias negativas para la democracia y la sociedad en su conjunto. 

En primer lugar, puede fomentar una cultura de victimización constante, donde se busque culpar a otros por los propios problemas en lugar de asumir la responsabilidad y buscar soluciones constructivas. Esto socava la confianza en las instituciones democráticas y alimenta la polarización política.

Además, la victimización y la autovictimización pueden ser utilizadas para deslegitimar la crítica legítima y silenciar el debate público. 

Al retratarse a sí mismo o a su grupo como víctima, un político puede intentar desacreditar a quienes cuestionan sus acciones o políticas, acusándolos de ser insensibles o incluso opresores. Esto puede obstaculizar el escrutinio necesario en una democracia saludable y dificultar la rendición de cuentas de los líderes electos.

Por otro lado, es importante reconocer que la victimización genuina y la lucha legítima contra la injusticia son realidades en muchas sociedades. 

Hay grupos marginados y personas que enfrentan discriminación y opresión sistemática, y es crucial que sus voces sean escuchadas y que se tomen medidas para abordar sus preocupaciones. 

Sin embargo, la instrumentalización política de la victimización puede trivializar estas luchas legítimas y diluir su impacto en la agenda política.

A final de cuentas, ambas, la victimización y la autovictimización, solo erosionan, en el contexto político-electoral, la confianza en el sistema democrático y perpetua las divisiones sociales. 

IEPAC bajo sospecha

El Instituto Electoral y de Participación Ciudadana (IEPAC) enfrenta una seria crisis de participación ciudadana y organización, evidenciada por la notable falta de respuesta a las convocatorias para formar capacitadores electorales locales de cara a las elecciones del 2 de junio. 

Este hecho, a tan solo unos días de los comicios, pone en entredicho la integridad y el adecuado desarrollo de las próximas elecciones.

La incapacidad del Instituto para reclutar personal entre los ciudadanos refleja una deficiencia significativa en su capacidad de organización y movilización. Lo que sugiere una falta de interés y confianza por parte de la ciudadanía en el proceso electoral, y también plantea serias dudas sobre la capacidad del IEPAC para garantizar unas elecciones justas y transparentes.

A pesar de este desafío fundamental, el Instituto insiste en afirmar que está listo para llevar a cabo los comicios según lo programado. Sin embargo, la realidad de la falta de personal capacitado y la aparente falta de transparencia en torno a la renuncia de Enrique de Jesús Uc Ibarra, secretario ejecutivo del instituto, generan un clima de incertidumbre y desconfianza en el proceso electoral.

La renuncia de Uc Ibarra, apenas un año después de su nombramiento unánime, bajo la sombra de motivos personales, levanta sospechas legítimas sobre la estabilidad y la integridad de la institución. ¿Qué razones reales hay detrás de esta aparente dimisión? ¿Qué impacto tendrá en la preparación y ejecución de las elecciones?

¿Existe la posibilidad de que las elecciones estén en riesgo de ser manipuladas, distorsionadas o incluso fraudulentas?

Correo electrónico: aleruz108@gmail.com

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