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¿Y el gobernador?

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Bienvenidos al Gobierno Montessori de Yucatán

Cuando el problema ya no es saber cómo gobiernan, sino quién está gobernando.

Por Rebeca Aguilar Estrella

No cabe duda de que los yucatecos estamos pagando el pecado de haber votado por el menos malo.

O quizá deberíamos decirlo de otra manera: por el que parecía menos peligroso.

Porque una cosa es elegir a un político sin experiencia suficiente y otra muy distinta descubrir, una vez sentado en la silla, que alrededor de él existen demasiadas personas convencidas de que tienen asuntos más importantes que atender que aquello que diga el gobernador.

Bienvenidos al Gobierno Montessori de Yucatán.

Aquí cada quien aprende a su ritmo, escoge su actividad, mueve sus propias fichas y aparentemente nadie está obligado a seguir instrucciones.

El secretario hace lo suyo, el subsecretario también, los asesores aconsejan, los amigos recomiendan, los empresarios sugieren, los grupos políticos presionan y los personajes que no aparecen en el organigrama, pero sí en las decisiones, hacen lo que mejor saben hacer: mandar sin firmar.

Solo queda una pequeña duda: ¿y el gobernador?

Porque después de casi dos años de gobierno comienza a resultar difícil distinguir dónde termina la autoridad formal de Joaquín Díaz Mena y dónde comienza la de quienes lo rodean, y ahí es donde esta historia deja de ser divertida.

Los murmullos de Palacio: En política existen rumores que nacen para destruir adversarios, otros nacen porque alguien quiere posicionar una candidatura y existen algunos más inquietantes: los que comienzan como un comentario aislado, después aparecen en otra conversación, luego son repetidos por personas que no tienen relación entre sí y finalmente terminan recorriendo los pasillos del poder.

En Palacio ya circula uno y cada vez se escucha con mayor insistencia. Dicen quienes frecuentan esos espacios que el gobernador da una instrucción y tiempo después puede modificarla, que en ocasiones vuelve sobre asuntos previamente tratados y que cada vez depende más de reuniones estructuradas, agendas perfectamente controladas y mensajes preparados.

También circulan versiones mucho más delicadas: supuestos olvidos, lagunas y dificultades para mantener conversaciones prolongadas. ¿Son ciertas? No tenemos elementos médicos para afirmarlo y, precisamente por tratarse de la salud del gobernador, sería irresponsable convertir un rumor en diagnóstico.

Pero existe otra pregunta que sí es legítima: ¿por qué el rumor está creciendo dentro del propio entorno gubernamental? Porque cuando una versión semejante comienza a circular alrededor del hombre que constitucionalmente concentra el Poder Ejecutivo, el asunto deja de pertenecer exclusivamente a la tertulia política; se convierte en un asunto de Estado.

El gobernador de los guiones. Hay, además, algo perceptible para cualquiera que siga la actividad pública del mandatario: cada vez parece existir mayor cuidado alrededor de sus intervenciones, eventos controlados, mensajes preparados, discursos escritos, formatos previsibles, pocas situaciones donde la improvisación pueda convertirse en protagonista.

Quizá simplemente sea una estrategia de comunicación, quizá sea la obsesión de algún asesor que pretende evitar errores, quizá sea una manera de proteger políticamente al gobernador o quizá no.

Al grado que en el mismísimo Grito de Independencia el Ejecutivo haya tenido que leer su mensaje. Los que conocen al gobernador podrían decir si eso es normal, pues común seguramente no; él siempre acostumbrado a improvisar.

En Palacio, como en las buenas novelas de misterio, nadie explica demasiado y, cuando nadie explica, alguien termina llenando los silencios.

Existe, además, un episodio imposible de borrar de esta historia: la madrugada del 29 de mayo de 2024, prácticamente en el ocaso de la campaña electoral, el vehículo en el que viajaba Joaquín Díaz Mena sufrió un aparatoso accidente cuando regresaba de Chemax rumbo a Mérida. El entonces candidato fue hospitalizado y requirió atención quirúrgica por las lesiones sufridas.

Aquello quedó atrás o, al menos, eso fue lo que todos entendimos. Pero ahora, casi dos años después, en algunos círculos políticos comienza a formularse en voz baja una pregunta particularmente incómoda:

¿Quedó realmente todo atrás? No existe información médica pública que permita relacionar aquel accidente con los rumores que hoy circulan, y hacerlo pasar como un hecho sería irresponsable.

Pero políticamente la pregunta ya existe y, cuando una pregunta empieza a recorrer Palacio, muchas veces importa tanto lo que se sabe como aquello que alguien está tratando desesperadamente de averiguar.

Faltan pocas semanas. Aquí aparece el detalle que vuelve esta historia particularmente interesante.

La Constitución Política del Estado de Yucatán contempla dos escenarios completamente distintos ante la falta absoluta de un gobernador.

Si ocurre durante los primeros dos años del periodo constitucional, el Congreso debe nombrar a un gobernador interino y convocar a elecciones.

Pero si sucede dentro de los últimos cuatro años, la historia cambia: corresponde nombrar a un gobernador sustituto para concluir el periodo.

Dos años. Una pequeña frontera constitucional capaz de cambiar completamente el destino político de Yucatán. Joaquín Díaz Mena tomó posesión el 1 de octubre de 2024.

Hagan las cuentas: falta poco, muy poco. Por eso, mientras públicamente todos sonríen, inauguran obras, toman fotografías y juran amor eterno a la Cuarta Transformación, quizá en algunas oficinas haya quienes estén mirando el calendario con bastante más interés que el ciudadano común.

Porque en política hay fechas que se celebran y hay fechas a las que simplemente hay que llegar.

¿Quién manda realmente? Pero supongamos por un momento que todos los rumores son falsos, supongamos que el gobernador se encuentra perfectamente bien; entonces aparece una pregunta todavía peor.

¿Por qué su gobierno transmite semejante sensación de ausencia de mando? Porque si el problema no es físico, entonces es político y eso tampoco sería precisamente tranquilizador.

Un gobernador fuerte impone rumbo, un gobernador fuerte coordina, un gobernador fuerte escucha a sus colaboradores, pero finalmente decide.

Lo que Yucatán observa hoy es otra cosa: grupos enfrentados, funcionarios con agendas propias, compromisos políticos acumulados, empresarios con extraordinaria capacidad de interlocución y personajes alrededor del mandatario cuyo poder real parece mucho mayor del que establece su nombramiento oficial.

Un gobierno donde todos parecen tener llave de la casa, excepto que nadie sabe quién tiene la llave del despacho principal.

Y como en política la lealtad suele durar exactamente hasta que aparece una posibilidad de sucesión, seguramente más de uno ya comenzó a hacer cuentas. Hay quienes dicen que algunos personajes observan el calendario con especial cariño. Entre ellos, inevitablemente, aparece un viejo conocido de todas las sucesiones yucatecas: Jorge Carlos Ramírez Marín.

El senador tiene experiencia, relaciones, oficio y, sobre todo, una virtud indispensable para sobrevivir durante décadas en política: sabe esperar.

No afirmamos que exista una operación sucesoria.

Pero tampoco hace falta demasiada imaginación para comprender que, cuando alrededor de un gobernador comienzan a circular rumores sobre su capacidad para ejercer plenamente el cargo, todos los animales de la selva política levantan las orejas y algunos hasta empiezan a remojarse los bigotes.

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