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El Nerón de la guitarra
Mucho ruido y nada de afinación en el Siglo XXI
- La magia de armar un circo falso para exprimir poder de verdad.
José González/Sol Yucatán
Comprar aplausos es un truco más viejo que andar a pie. Cuentan los libros de historia que, allá en la antigua Roma, el emperador Nerón se juraba un gran artista. El problema es que cantaba horrible y tenía voz de lija. Como no quería hacer el ridículo frente a un público mudo, les pagaba una lanísima a miles de jóvenes nada más para que le aplaudieran con ganas.
De esa trampa nacieron los “paleros” de los teatros y hasta las risas falsas que le ponen a los programas de comedia. La fórmula es sencilla: si finges que eres un éxito, la gente termina creyéndoselo. Es la magia de armar un circo falso para exprimir poder de verdad.
Pues tal parece que esa fue exactamente la estrategia que copiaron este domingo para el tremendo acarreo armado en el Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI. El pretexto oficial era festejar los dos años de la elección de la presidenta de México, pero el verdadero show se lo robó el anfitrión, el gobernador Joaquín Díaz Mena, quien nos dejó claro que armar discursos requiere el mismo talento que él tiene para la música: ninguno.
Si Nerón tenía su lira, todos en Yucatán sabemos que el gobernador tiene su guitarra. Y, lamentablemente, comparte con el romano esa afición y necedad de aferrarse a la cantada, a pesar de su pésima voz y de no tener ni un gramo de talento musical. Esta vez, afortunadamente, no sacó el instrumento para castigarnos con un palomazo, pero sí agarró el micrófono para recetar un discurso.
Y lo hizo con la misma confianza del que no se da cuenta de que está desentonando feo: se echó un rollo interminable que puso a prueba la paciencia de todos los presentes.




Pero, ¿qué importa soltar un discurso gris y aburrido cuando hay presupuesto público para tapar la falta de gracia? Las carencias de nuestro “Nerón yucateco” quedaron sepultadas rápidamente por el ruido de sus propios paleros modernos. Ya no son romanos cobrando moneditas, sino camiones llenos de acarreados que saben muy bien que aplaudir fuerte es el precio que tienen que pagar para cuidar la chamba, no perder los apoyos o cumplir con la cuota del líder.
Las paredes del Siglo XXI retumbaron con ese entusiasmo de plástico que solo se logra cuando te pasan lista a la entrada.
Es de dar risa y pena ajena al mismo tiempo. Mientras el gobernador soltaba su discurso con el mismo ritmo atropellado con el que toca la guitarra, miles de manos chocaban en automático. No celebraban sus palabras —porque el mensaje brillaba por su ausencia—, sino que le hacían la barba al poder en turno. Le reían los chistes malos, le coreaban las frases armadas y ondeaban banderas nada más porque para eso los llevaron.
Al final de cuentas, la fiesta fue un “exitazo”… al menos en las fotos que mandaron a la prensa, donde por suerte no se notan los bostezos de la gente obligada a ir.
Joaquín Díaz Mena nos demostró que aprendió a la perfección la maña de los emperadores: si tienes pésima voz para cantar y tus discursos suenan igual de mal, nada más súbele el volumen a los aplausos pagados.
Porque en la política de hoy, igual que en la antigua Roma, no hace falta tener talento para que te ovacionen de pie; basta con tener la chequera del gobierno para invitar la fiesta.
