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El instinto de una madre frente a la violencia institucional

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Columna de la Mujer “despídete de tu mamá porque no la volverás a ver”

Por Ericka Contreras Pérez

Somos mamíferas y, aunque la razón es una de las características que nos distingue, el instinto aparece primero cuando percibimos una amenaza. Basta observar a una manada de elefantes para entenderlo: cuando una cría está en peligro, las hembras forman un círculo a su alrededor. No importa cuál sea su parentesco. La cría deja de ser únicamente de su madre; pasa a ser responsabilidad de toda la manada.

Las mujeres hacemos algo parecido: buscamos otras mujeres que nos entiendan, acompañen y cobijen. Así conocí a Lourdes Ávila.

Nuestro primer encuentro en persona fue, no casualmente, un 8 de marzo. Recibí una llamada que decía: “Lourdes está en la Fiscalía. Su hija está en PRODENNAY porque el padre fue detenido durante una convivencia supervisada». Sentí la esperanza viva de que ese fuera el reencuentro tan esperado entre una madre y su cría, nuestra cría.

Elsy fue literalmente arrancada de su mamá a los dos años. En una discusión, de las muchas que ya había en la relación, sobre todo por temas de control, ella recuerda que él rompió su certificado de estudios, para después comenzar a golpearla, todo bajo la mirada de su hija, así como ahora vemos por un video al exdirector de PEMEX; la diferencia es que esto no quedó grabado en video. Elsy, a sus dos años, se involucró tratando de defender a su madre. Sí, una niña de dos años defendiendo una agresión. Desde ese momento él le dijo: Despídete de tu mamá porque no la volverás a ver”.

Ese mismo día denunció ante el Centro de Justicia para las Mujeres. Durante tres días nadie le informó dónde estaba su hija. Al cuarto día, el padre apareció para negociar: devolvería a la niña únicamente si retiraba la denuncia penal.

Aceptó. No porque creyera que era justo, sino porque pocas personas pueden imaginar lo que una madre está dispuesta a hacer cuando la separan de su cría. Firmaron un convenio voluntario de divorcio que establecía la custodia para Lourdes y un régimen de convivencias para el padre.  Pensó, como alguna vez pensé yo, que todo terminaría ahí. Ambas nos equivocamos.

Llegó una nueva convivencia. Lourdes sintió ese presentimiento inexplicable. Su hija se aferraba a ella y repetía que no quería ir con su padre. Todo en su cuerpo le pedía protegerla. Su abogado le explicó que debía cumplir el convenio. Silenció su instinto y obedeció, no imaginaba que aquel sería el último abrazo que compartirían durante casi un año.

Después supo que el padre había desistido del divorcio voluntario e iniciado un juicio familiar acusándola de maltrato infantil. Entre las pruebas que presentó figuraban fotografías de picaduras de mosquitos. Con esos elementos obtuvo una custodia provisional y la jueza suspendió por completo las convivencias entre madre e hija.

Pasó casi un año para que pudiera verla nuevamente: apenas dos horas y bajo supervisión. La explicación de la juzgadora fue: No sé si todavía te recuerda.

La afirmación contrasta con lo que la ciencia conoce sobre el vínculo entre una madre y su cría en los mamíferos. Ese lazo no desaparece por el paso del tiempo. Diversas investigaciones han demostrado que reconocen la voz, el olor y el contacto de su madre incluso después de separaciones prolongadas. La distancia puede generar angustia y afectar emocionalmente a ambos, pero no borra el vínculo.

Mientras el padre incumplía citaciones judiciales hasta que fue detenido mediante una orden de aprehensión y vinculado a proceso por violencia familiar y violencia vicaria, imponiéndosele prisión preventiva. La lógica humana nos diría que entonces Elsy regresó con su mamá, pero no fue así, fue llevada primero a PRODENNAY y ahí permaneció bajo resguardo institucional.

Días después, el padre fue liberado y sometido a otras medidas cautelares, la jueza familiar resolvió otorgar la custodia provisional a la abuela paterna y no a su madre, quien se encontraba localizable, disponible y reclamando de manera constante el cuidado de su hija. La decisión resultó incomprensible: si el propio juzgado consideró que el padre no debía ejercer la custodia, ¿por qué permaneció en la misma casa y no fue reintegrada con su mamá mientras el juicio continuaba?

En mayo se celebró una nueva audiencia. Dice: «Ninguno de los testigos logró describir un solo acto de violencia cometido por ella contra su hija. Después de esa diligencia, por primera vez pudieron disfrutar el visitar un parque, la playa o simplemente estar juntas y abrazadas en una cama.

Esto duró poco, las convivencias dejaron de concretarse porque la abuela paterna dice que la niña no quiere ver a su mamá. Según Lourdes, durante las intervenciones psicológicas la menor dijo que su padre y sus tías le prometen regalos si rechaza las convivencias. También habría referido lesiones provocadas por su padre y expresiones descalificadoras.

Ha solicitado reiteradamente que se revise el entorno en el que vive su hija. La respuesta que recibe es que el juzgado debe esperar un nuevo peritaje psicológico, cuya fecha no dan.

La violencia institucional se refleja en respuestas tardías y decisiones que se postergan indefinidamente. La omisión, la dilación y la indiferencia resultan insultantes. Ha acudido tres veces con el gobernador, al DIF, al Congreso local y ha promovido juicios de amparo.

Rogando por hacer lo que cualquier madre y porque su hija sea niña sana, feliz, libre. Recibiendo todo el amor que ella tiene para darle sin condiciones.

Escríbenos en yucatan.sol.periodico@gmail.com

 

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