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Gobernador en la oscuridad

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La crisis de salud mental y el vacío de poder en Yucatán

José González/Sol Yucatán

El ejercicio del poder público exige una lucidez impecable, templanza y la capacidad plena para tomar decisiones que afectan la vida de millones de personas. Cuando la salud mental del titular del Ejecutivo se resiente y la capacidad cognitiva para conducir el destino de un estado queda severamente comprometida, la estabilidad institucional de Yucatán entra en terreno de alto riesgo.

En los corrillos de la política local ya no se habla de un simple murmullo ni de un ataque de la oposición. La información que trasciende sobre el estado de salud mental de Joaquín «Huacho» Díaz Mena proviene del propio diagnóstico médico emitido por el neurólogo que lo atiende. No estamos ante un chisme de pasillo ni ante una especulación malintencionada; se trata de una condición clínica documentada que abre un cuestionamiento ético y constitucional ineludible: ¿Hasta qué grado es prudente, legal y humano que siga al frente del gobierno?

La fragilidad en el despacho principal del Palacio de Gobierno ha generado un fenómeno tan predecible como peligroso: el vacío de poder no se queda vacío, se ocupa. Ante la paulatina ausencia de un mando lúcido y presente, las riendas del estado han sido tomadas por una estructura paralela, una camarilla que actúa sin respaldo de las urnas, pero con todo el peso del aparato oficial.

Dafne López, su operador cercano Víctor López, Emilio Barrera y Mario Millet han asumido la conducción real del presupuesto, la agenda estratégica y las decisiones clave del gabinete. Este grupo de custodia política ha instaurado un cogobierno paralelo que dista mucho del mandato popular otorgado en las urnas.

La ciudadanía yucateca no votó por una regencia compartida ni por una mesa de decisiones en la sombra; no votó para que gobiernen «los cuatro fantásticos».

Las consecuencias de este desgobierno no han tardado en reflejarse en el ánimo social. La más reciente medición de opinión pública en la entidad revela una caída estruendosa en la credibilidad del Ejecutivo: apenas un 29 por ciento de la población manifiesta tenerle confianza al gobernador. El desplome no es casualidad; es la respuesta de una sociedad que percibe la falta de liderazgo, la opacidad con la que se maneja la situación médica del mandatario y la intromisión descarada de un séquito que ejerce el poder sin rendir cuentas a nadie.

Frente a este escenario, la pregunta que se imponen la sociedad civil y los contrapesos políticos es directa: ¿quién tiene realmente la última palabra en Yucatán? Gobernar por procuración no solo erosiona las instituciones, sino que expone a la entidad a decisiones arbitrarias tomadas desde la conveniencia de un grupo protector y no desde el interés público.

Yucatán no puede permitirse un sexenio a la deriva ni una administración dirigida por representantes no electos. El estado de salud de un gobernante deja de ser un asunto privado en el momento exacto en que interfiere con el mandato constitucional. Es momento de actuar con transparencia republicana, exigir claridad sobre el diagnóstico médico real y evaluar si las condiciones de idoneidad ética y física están garantizadas para sostener las riendas de la entidad.

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