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Opinión

CURA DE BARRIO

Por Pedro F. Rivas Gutiérrez

VIERNES DE VEJENTUD.
Nací en una familia católica y como tal fui educado. Muy pocos quedan que puedan entender lo que eso significaba en la era preconciliar.
Misa solo en las mañanas, en latín y con el sacerdote de espaldas al pueblo; largas prédicas desde el púlpito; sacristán y acólitos sí, ministros extraordinarios no; ayuno prolongado para comulgar; mantilla obligatoria para las mujeres; lectura obligada de la clasificación de películas antes de ir al cine; ayuno y abstinencia estrictos en cuaresma; solemnidad, solemnidad, solemnidad. Cuando nos empezaron a llegar los aires del concilio, ya era un adolescente.
Por supuesto, tuve un director espiritual. Párroco en un barrio, era buscado por muchos jóvenes por su bonhomía. Nos trataba con sencillez, mostrando entendimiento para nuestros problemas y nunca nos faltó al respeto.
Iba a verlo los martes, en busca de sus consejos. Me recibía en la oficina parroquial, que al mismo tiempo era sala de estar y comedor, con los muebles indispensables y un refrigerador cerrado con cadena y candado. (“Ya sabes cómo son los acólitos”).
Un martes de esos, al llegar, me dijo:
—No te acerques más —estaría a dos o tres metros de él— ¿no sientes mis impulsos mentales?
—No Padre —contesté—.
Decidí que era tiempo de cambiar de director espiritual. Era un poco ingenuo, a lo mejor hoy hubiera actuado diferente.
Tal vez a causa de sus estudios sobre el control mental, comenzó a desviarse de la doctrina eclesial en algunas charlas y homilías. Tiempo después me enteré de que colgó la sotana. Supe también que, después de eso y hasta su muerte, ayudó a mucha gente a superar problemas vivenciales, lo que antes había hecho conmigo desde otra perspectiva.
Algunos lo calificaron como fracasado, otros dijeron que estaba loco. Tendrían que haber estado en sus zapatos para poder juzgar sus decisiones.
Yo lo recuerdo con cariño y agradecimiento, creo que era un hombre de buena voluntad, con defectos y virtudes, que me hizo mucho bien en su momento.
Cuando los errores de alguien te impiden reconocer sus aciertos, es hora de revisar tu manera de ver el mundo.
PFRG
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