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Yucatán se vende a las orillas del mar

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  • Aparecen torres, complejos residenciales, departamentos de lujo, grandes lotes y proyectos que prácticamente convierten la primera línea de playa en un producto inmobiliario
  • En Chicxulub Puerto se comercializan proyectos como A.W.A.H, con 189 departamentos . También aparecen desarrollos como Dorada, con dos torres de 10 niveles y 88 departamentos, y Soletta Chicxulub, anunciado como una comunidad residencial.
  • El verdadero problema es averiguar qué construcción es legal y cuál no, y esto aparece cuando el crecimiento termina convirtiéndose en una competencia en la que primero se desmonta, se rellena o se modifica y después se pregunta qué quedó del ecosistema

Redacción/Unidad de Investigación Sol Yucatán

Ya no son solamente las casas de descanso que durante décadas formaron parte del paisaje de la costa yucateca. Entre Chicxulub Puerto y Telchac Puerto, el paisaje está cambiando a golpe de torres, departamentos, lotes y complejos residenciales que convierten la cercanía con el mar en un negocio inmobiliario de millones de pesos.

Basta recorrer la carretera costera para encontrar proyectos que avanzan a escasos metros de la playa. Donde antes predominaban espacios de vegetación, terrenos sin construir y viviendas aisladas, ahora aparecen estructuras de varios niveles, maquinaria, materiales de construcción y desarrollos que prometen a sus compradores una de las mercancías más cotizadas de Yucatán: una propiedad frente al mar.

La transformación no es menor. En Chicxulub Puerto se comercializan proyectos como A.W.A.H., anunciado con 189 departamentos y ubicado en el kilómetro 11.5 de la carretera Progreso-Chicxulub. También aparece Dorada, con dos torres de 10 niveles y 88 departamentos, además de Soletta Chicxulub, anunciado como una comunidad residencial a pocos metros de la playa.

Y el crecimiento no termina ahí.

Conforme se avanza hacia Telchac Puerto, la oferta inmobiliaria continúa extendiéndose. Nuevos terrenos, proyectos y desarrollos mantienen la presión sobre una franja costera cuyo principal atractivo es, precisamente, aquello que puede terminar pagando el precio de la urbanización: el ecosistema que existe frente al mar.

Porque entre una torre y otra, entre un lote vendido y otro anunciado como “oportunidad de inversión”, hay algo que no aparece en los renders ni en las campañas de comercialización: la duna, el manglar, los humedales, la vegetación costera y la propia playa que sostienen el equilibrio de esta región.

No se trata únicamente de paisaje.

Estos ecosistemas forman una barrera natural frente al oleaje, las tormentas y otros fenómenos meteorológicos. Cuando son desmontados, rellenados o modificados para abrir paso a una construcción, el impacto no necesariamente termina en los límites del predio donde entró una retroexcavadora.

La propia normativa federal reconoce la importancia de los humedales costeros con manglar y establece disposiciones para su preservación, conservación, aprovechamiento sustentable y restauración.

En marzo de 2026, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) clausuró dos obras en Chicxulub Puerto después de detectar el relleno de un humedal costero y el desmonte de vegetación de manglar.

De acuerdo con la autoridad, en uno de los predios se utilizaba una retroexcavadora para rellenar una zona de ciénega con escombro. En otro sitio se detectó el desmonte de manglar para la ocupación y construcción de viviendas.

Ambos predios se encontraban dentro de la Reserva Estatal Ciénega y Manglares de la Costa Norte de Yucatán, mientras que la Profepa aseguró precautoriamente una retroexcavadora.

El caso no es aislado.

La propia dependencia documentó anteriormente otro caso en Chicxulub Puerto en el que detectó la remoción total de vegetación natural característica de la duna costera y obras de un desarrollo inmobiliario que ocupaban mil 200 metros cuadrados sin la autorización correspondiente en materia de impacto ambiental.

Entre las especies afectadas se encontraban uva de playa, riñonina, nopal costero, tabaquillo y otras plantas características de la duna yucateca.

Es decir, mientras el mercado inmobiliario vende la idea de vivir frente al mar, en algunos puntos de la misma costa la vegetación que protege ese mar está siendo removida para abrir espacio a nuevos proyectos.

EL MAR TIENE DUEÑOS NATURALES

Y hay otro habitante de estas playas que no participa en el negocio inmobiliario, pero que también resiente sus consecuencias: la tortuga marina.

Yucatán inició en 2026 su temporada de anidación con protección en 279 kilómetros de costa. Durante 2025 fueron registrados más de 11 mil nidos, 1.2 millones de huevos y más de 724 mil crías liberadas.

En las playas yucatecas anidan especies como la tortuga carey, la tortuga blanca y la caguama, todas protegidas por la legislación ambiental.

La Secretaría de Desarrollo Sustentable de Yucatán reconoce entre las principales amenazas para las tortugas marinas la modificación de la morfología de las playas, la infraestructura turística y la urbanización.

Por eso, el problema no consiste únicamente en que una tortuga encuentre un espacio para salir del mar y depositar sus huevos. Las modificaciones de la playa pueden alterar las condiciones que necesita para anidar y sobrevivir.

Cuando una franja costera comienza a llenarse de construcciones, caminos, maquinaria, iluminación y modificaciones del terreno, el impacto debe analizarse mucho más allá de los metros cuadrados que ocupa cada edificio.

La imagen comienza a repetirse en distintos puntos.

Excavadoras, montículos de arena, materiales de construcción, terrenos desmontados y estructuras que comienzan a levantarse donde antes existía vegetación costera.

Del otro lado continúa el mar, aparentemente intacto.

Pero el paisaje entre ambos ya no es el mismo.

Yucatán vende su costa como uno de sus principales atractivos turísticos y patrimoniales, mientras la presión inmobiliaria sigue creciendo. Los propios desarrolladores utilizan la cercanía con el mar como uno de los principales argumentos para vender sus proyectos.

Departamentos, penthouses, villas, terrenos y macrolotes son promocionados como inversiones frente al mar.

El negocio crece precisamente porque la costa tiene valor.

El problema es qué ocurre cuando ese valor económico comienza a imponerse sobre el valor ambiental del territorio.

La situación tampoco puede reducirse a estar a favor o en contra de la construcción. El verdadero problema es determinar qué proyecto cuenta con las autorizaciones correspondientes, cuál cumple con la legislación ambiental y cuál avanza sobre ecosistemas protegidos o zonas donde no debería construirse.

Porque una cosa es el desarrollo inmobiliario regulado y otra muy distinta permitir que la urbanización avance primero y las autoridades lleguen después.

Entre Chicxulub Puerto y Telchac Puerto, cada torre, cada casa, cada estacionamiento y cada nuevo acceso le resta espacio a una franja costera que todavía conserva dunas, manglares y humedales. El negocio inmobiliario gana metros mientras el ecosistema los pierde.

Si la tendencia continúa, la costa que hoy se vende como el gran atractivo de Yucatán puede terminar convertida en una interminable sucesión de edificios, privadas y desarrollos residenciales. El mar seguirá ahí, lo que puede desaparecer es la costa natural que lo protege.

¿Qué quedará de las dunas? ¿Qué quedará de los manglares? ¿Qué quedará de los humedales? ¿Qué quedará de una costa que poco a poco puede terminar convertida en una sucesión de desarrollos inmobiliarios?

Las playas, los manglares y las dunas que desaparecen para levantar edificios no pueden recuperarse con un render, una alberca privada ni una espectacular vista al mar.

Yucatán tiene una costa que vale millones, pero su valor no debería medirse únicamente por el precio de un departamento frente al mar.

La verdadera riqueza está también en aquello que no aparece en los anuncios inmobiliarios: la duna que protege, el manglar que sobrevive, el humedal que permanece y la playa que todavía puede recibir a una tortuga para anidar.

Si el Gobierno presume que protege el patrimonio natural del estado, tendrá que demostrarlo con vigilancia, transparencia y acciones concretas.

De poco sirve presumir de una costa protegida mientras las máquinas avanzan sobre ella.

El riesgo no es solamente que Yucatán venda sus playas. Es que, cuando termine la venta, ya no quedará la costa que hizo que todos quisieran comprarla.

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