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Patético destape de Angélica
El ridículo y la ambición de la exalcaldesa de Mérida
- En la política yucateca,el oportunismo más vil y sin escrúpulos pretende disfrazarse de “redefinición ideológica”.
Redacción/Sol Yucatán
El patético destape de Angélica Araujo Lara, al anunciar sin pudor su pretensión de competir por la alcaldía de Mérida bajo el cobijo de Morena, no es una evolución ni una reflexión sincera; es un espectáculo deplorable que roza en el ridículo, movido únicamente por el oportunismo, la ambición desmedida y una absoluta falta de vergüenza.
Quien durante años exprimió las estructuras del Partido Revolucionario Institucional (PRI) para escalar cargos como diputada, alcaldesa y senadora, hoy hace el ridículo intentando saltar al barco oficial sin el menor empacho. Tras haber dedicado años a escupir veneno contra el proyecto de la Cuarta Transformación desde cualquier tribuna disponible, hoy pretende lavarse la cara y declarar con pasmosa hipocresía que Morena es el mejor equipo.
Semejante pirueta no revela convicción, sino la desesperación de quien hace el papelón de su vida con tal de aferrarse al poder a cualquier costo.
El paso de Araujo Lara por el Ayuntamiento de Mérida no dejó obras ni legado de desarrollo; dejó una cicatriz de frivolidad, incapacidad y dispendio escandaloso del erario. La ciudadanía meridana no padece amnesia, recuerda perfectamente una gestión marcada por el abandono de la ciudad mientras el dinero del pueblo se dilapidaba en lujos y espectáculos de oropel.
Pretender regresar a administrar los recursos de Mérida tras ese antecedente de franca indiferencia hacia las necesidades de la gente es un acto de cinismo insuperable.
La realidad actual de la exalcaldesa es el vivo retrato de la vergüenza ajena, ahogada en el desprecio del PRI hacia ella, sin la menor cabida en Movimiento Ciudadano por el pleito irreconciliable con su comadre Ivonne Ortega, y ante el contundente rechazo del PAN, no le queda más remedio que limosnear un espacio en el partido que tanto criticó. Su intento por llamar la atención de Morena cae en lo absurdo, pues la respuesta es el desdén absoluto; los guindas ni siquiera la voltean a ver, dejándola sola como un fantasma en un escenario donde solo ella aplaude su propia farsa.
Mudar de piel cuando la propia trayectoria ya no vende no es estrategia, es descaro e impudicia en su estado más puro.
Mérida no merece ni necesita liderazgos tóxicos, reciclados por la mera conveniencia del momento y movidos únicamente por el hambre de presupuesto.
La política requiere dignidad, y la reaparición de Angélica Araujo es la prueba viviente de lo que ocurre cuando la ambición ahoga por completo al sentido del ridículo.
