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Los alegres compadres

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Crónica de una “Lucha” de Servilleta y Banquete

Redacción/ Sol Yucatán

Hay amistades que se forjan en el fragor de la batalla social, en las calles polvorientas, bajo el inclemente sol de Yucatán y con la bota de la represión pisando los talones. Y luego están, en el extremo opuesto, los compadres Mauricio Sahuí y Pancho Torres; los paladines de la sobremesa, los guerreros del mantel largo y los mártires de la cucharita de plata.

En sus redes sociales, con esa frescura cínica que da el haber vivido del erario toda la vida, ambos personajes se recetan sendas publicaciones compartiendo el pan y la sal.

Se entregan a la nostalgia de café con pan dulce, recordando —según ellos— sus titánicas «luchas» por el pueblo. Pero la gente, esa misma que camina a pie y sufre la escasez, se cruza de brazos y se pregunta: ¿Cuáles luchas, compadres?

Porque hay que tener memoria corta o una cara muy dura para autonombrarse rebeldes.

Sahuí y Torres crecieron y engordaron al amparo de la época dorada del PRI, esa aplanadora corporativa donde no había que arriesgar nada porque el sistema te ponía la mesa puesta, el candidato ungido y la curul asegurada. Cuando realmente había que batallar contra corriente, cuando el partido hegemónico temblaba y la oposición exigía temple, ellos estaban cómodamente sentados en las oficinas con clima, cobrando puntuales y esperando a que la cargada les sirviera el siguiente banquete político.

Su mayor osadía histórica fue, acaso, elegir entre filete o pescado.

Pero como la historia no perdona a los farsantes, el karma político los alcanzó en su propio atardecer. Hoy, los dos «alegres compadres» no solo ven pasar los toros desde la barrera, sino que se han convertido en los porristas más entusiastas de su propia extinción. Aplauden con fervor de patiño el arribo del «amigo Libo», quien llegó sin hacer ruido a barrerlos, a desplazarlos y a mandar lo poco que quedaba de su cacicazgo al rincón de los recuerdos.

Qué ironía. Tantos años de fingir rebeldía para terminar aplaudiéndole al verdugo que los echó a la banca.

Al final, la gran épica de estos dos próceres del oportunismo yucateco no pasó a la historia de las grandes gestas populares; su épica, bien mirada y sin tapujos, se quedó en mera lucha villa.

Salud, compadres, que el banquete se acaba y ya nomás les queda aplaudir desde la orilla.

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