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En memoria de Makala y sus estrellas

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Historias tan desgarradoras que la ficción se queda corta

Por Ericka Contreras Pérez

Hay historias tan desgarradoras que la ficción se queda corta. Historias de vida que podrían convertirse en el guion de una película: conmovedoras, tensas y dolorosamente humanas. Historias que nos recuerdan lo peligroso que puede ser entregar la propia vida a otra persona y, al mismo tiempo, el poder salvador que tiene aprender a poner límites, reconocer las señales y decir «no más». La historia de Makala Marie Pendley es una de ellas.

Makala tenía 30 años. Era madre de siete hijos y un octavo bebé crecía en su vientre cuando fue asesinada. Nació en Indianápolis y quienes la conocieron la describen como una mujer profundamente dedicada a sus hijos. Hoy su nombre se suma a la larga y dolorosa lista de mujeres que han perdido la vida a causa de la violencia. Su cuerpo fue localizado el pasado 8 de junio en Zinacantán, Chiapas.

Pero la historia de Makala no comenzó ahí. La violencia rara vez irrumpe de un día para otro. Casi siempre se anuncia con anticipación: aparece en forma de señales, alertas, denuncias, amenazas y peticiones de ayuda que, con demasiada frecuencia, no son escuchadas con la urgencia que merecen.

Makala no murió de pronto. Antes de que su cuerpo fuera localizado con huellas de violencia, antes de que las autoridades señalaran como causa de muerte un traumatismo craneoencefálico provocado por un objeto contundente, antes de que Joseph “N”, su pareja y principal sospechoso, fuera detenido.

Su historia tuvo un capítulo doloroso en Yucatán. En agosto de 2025 permaneció largas horas ante el Ministerio Público en Progreso para denunciar que Joseph había sustraído a sus siete hijos menores de edad sin su consentimiento. Lo que estaba viviendo encaja hoy en una de las formas más crueles de violencia: La violencia vicaria que es utilizar a los hijos para controlar, castigar o destruir emocionalmente a una mujer.

Durante aquellos días, la desesperación de Makala quedó plasmada en redes sociales. «Mis hijos deben estar aterrorizados», escribió. No hablaba de ella. Hablaba de ellos. En medio de su propio sufrimiento, de la incertidumbre, del miedo y de una relación marcada por altos niveles de violencia, su preocupación seguía siendo la misma: sus hijos. Todo indica que vivía atrapada en circunstancias cada vez más complejas, pero continuaba luchando por protegerlos. No parecía encontrar una salida segura para sí misma, aunque nunca dejó de buscar una para ellos.

A veces creemos que las víctimas permanecen porque no ven el peligro. Pero la realidad suele ser mucho más compleja. Muchas mujeres reconocen perfectamente el riesgo que enfrentan. Lo que ocurre es que la violencia las va encerrando poco a poco. Les reduce las opciones. Les dificulta escapar. Las obliga a tomar decisiones imposibles entre su propia seguridad y la de sus hijos.

Esta afirmación la refuerzo con el testimonio de una mujer que la conoció durante su estancia en Chelem. «Soy la madre que ayudó a Makala cuando escapó de él. Después él secuestró a los niños, pero logramos recuperarlos y ayudarla a regresar a Estados Unidos en octubre. Lamento profundamente que el sistema le haya fallado, que no la hayan protegido a ella ni a esos bebés«.

Sus palabras son importantes porque desmontan uno de los prejuicios más frecuentes sobre las víctimas. Makala sí intentó salir. Sí pidió ayuda. Sí denunció. Sí hubo personas que vieron el peligro. Sí hubo quienes intentaron protegerla. Y, aun así, Makala quedó literalmente atrapada. Entre el miedo, la dependencia, las dificultades legales, la burocracia internacional y la presencia de un hombre que, según información difundida por autoridades estadounidenses, era buscado por múltiples delitos, incluyendo agresiones, intimidación, fraude, robo y agresión sexual.

No era una tragedia imprevisible. Era una tragedia anunciada. Las mujeres como Makala no se apagan porque sean débiles; se apagan porque sobreviven durante años dentro de dinámicas diseñadas para quebrarlas. La violencia tiene una capacidad devastadora para aislar, desgastar y convencer a sus víctimas de que no existe una salida posible. Makala llevaba prácticamente toda su vida adulta dentro de esa realidad. Tuvo a su primer hijo a los 16 años y, desde entonces Joseph de volvió “dueño” de su vida. Controlaba todo. Huyó de Estados Unidos, no le permitía estabilidad de ningún tipo, fueron años de total incertidumbre y caos.  Sin embargo, incluso en medio de todo eso, Makala siguió siendo madre.

Madre cuando denunció.

Madre cuando buscó a sus hijos.

Madre cuando expresó miedo por ellos.

Madre cuando intentó escapar.

Madre cuando siguió adelante a pesar de todo.

Y pienso que, de alguna manera dolorosa e injusta, logró aquello por lo que luchó hasta el final: sus hijos fueron encontrados con vida y hoy podrán regresar con su familia materna.

Ojalá algún día sepan quién fue realmente su madre. Ojalá sepan que no fue una víctima pasiva. Que luchó. Que buscó ayuda. Que intentó protegerlos una y otra vez. Que los amó hasta el último momento.

Su historia continua en ellos: Nicola, Joseph, Aubrielle, Orion, Earthum, Polaris y Azrael. Sus estrellas. En su madre Jennifer, en sus hermanos que intentan reconstruir lo ocurrido. Y en todos nosotros, si estamos dispuestos a aprender algo de esta historia. En quienes vemos en ella un recordatorio de reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde.

Makala Marie Pendley no será recordada únicamente como la víctima de un crimen brutal sino como la madre que intentó proteger a sus hijos en circunstancias extraordinariamente difíciles.

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