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Opinión

Consumir y consumir…lo más rápido posibel

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La economía de la Atención: mercaderes del Tiempo

Por Jorge Franco

En 1985, Neil Postman (Amusing Ourselves to Death) explicaba que nos acercamos cada vez más al relato de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, una civilización seducida, esclavizada y sonámbula por el placer. En esta distopía «ya no es necesario prohibir ningún libro, pues nadie quiere leer».

“No tengo tiempo”, pensarás. Y ésa es la otra historia.
“El ser-ahí que cuenta, calcula y mide el tiempo, que vive con el reloj en la mano, ese ser-ahí proclama: no tengo tiempo.” Martín Heidegger.

En la historia del capitalismo, el tiempo es dinero, y la velocidad voluntad de poder. Su historia es una sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas para acelerar la velocidad de los tiempos de producción o de circulación, y conseguir así mayor plusvalía. Cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo del capital (dinero-mercancía-más dinero), mayor será la ganancia. La mecanización del trabajo abrió el camino a la aceleración sin fin, y el libre flujo de mercancías (la desregularización de los mercados) también generó la compresión del espacio (la cual, en última instancia, significa una compresión del tiempo).

Producir y consumir más rápidamente, a mayor velocidad, es el objetivo.

Nada más adquirir un producto, desear y comprar el próximo. John Kenneth Galbraith las llamó «aceleradores artificiales». La publicidad es el arte de la seducción, y logra que nos tomemos los productos como un sistema de comunicación para expresar identidades, reconocimiento, afinidades, emociones… Un ejemplo: tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, en quince días se sustituyó el tema ecuestre de las tiendas Zara de Estados Unidos por ropa negra adecuada para el luto colectivo.

El problema es que los seres humanos somos archisociables, y nuestra comunicación no tiene fin. Pero hay otras maneras para empujarnos al consumo: la obsolescencia programada o planificación deliberada de la reducción del ciclo de vida útil de una mercancía. O la novedosa perpetua actualización, para que los productos se vuelvan obsoletos y no operativos.

El “carpe diem” que reina en la actualidad induce a consumir experiencias: aventuras, espectáculos, tours, series… Son la mercancía ideal porque son transitorios, episódicos: pasan y se esfuman. Y algunos de ellos pueden volverse interminables.
Ya en 1900, el sociólogo y filósofo social Georg Simmel advirtió en “Filosofía del dinero”:

“La ausencia de algo definitivo en el centro de la vida empuja a buscar satisfacción momentánea en excitaciones, satisfacciones en actividades continuamente nuevas, lo que nos induce a una falta de quietud y de tranquilidad que se puede manifestar como el tumulto de la gran ciudad, como la manía de los viajes, como la lucha despiadada contra la competencia, como la falta específica de fidelidad moderna en las esferas del gusto, los estilos, los estados de espíritu y las relaciones”

“Semiocapitalismo”, lo llama Franco Berardi: “ya no existen cosas materiales, sino signos; ya no hay producción de cosas como materiales visibles y tangibles, sino producción de algo que es esencialmente semiótico”: un sistema de intercambio de signos. La producción de valor no está en “la intervención generativa de la materia física y el trabajo muscular”, sino en el intercambio de signos. Y puede realizarse en milisegundos, como en los intercambios financieros a través de múltiples computadoras.

La política también se vuelve cortoplacista, se moldea a los eventos cotidianos, a la coyuntura y sus líderes son individuos carismáticos que prometen eficacia y velocidad. El más rápido es el más poderoso, y cuanto más poder se tiene, más rápido se puede ser.

Las galerías de arte en Nueva York tienen como norma incuestionable que el timbre del teléfono de la recepción no puede sonar más de dos veces y que los correos electrónicos deben ser contestados en menos de doce horas. El trabajador debe tener siempre disponibilidad completa, ser flexible y dinámico.

“Yo no estoy en el negocio, yo soy el negocio”, le responde a Deckard la replicante Rachel en la película Blade Runner. “Negocio” deriva de las palabras latinas nec y otium, es decir, lo que no es ocio. Ocio se identifica con “scholé”, escuela, algo así como cultivar el espíritu. La productividad se ha adueñado también de nuestro tiempo de ocio. “Nos intimida la expectativa de que debemos ser realmente expertos en lo que hacemos en nuestro tiempo libre. Nuestros hobbies, si es que los podemos seguir llamando así, se han vuelto demasiado serios”, escribe Wu.

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