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Ciencia

¿Cómo controlan nuestras vidas?

“¿Por qué hay tal grado de consenso en que América Latina y por extensión el mundo, no está autorizada a ejercer su soberanía, es decir, a tomar el control de sus vidas?” Noam Chomsky

Transcripción de ua conferencia del filósofo, lingüista, científico cognitivo y ensayista Noam Chomsky, en Albuquerque, Nuevo México.

Por: Noam Chomsky

No es una exageración decir que a los esfuerzos dedicados a controlar nuestras vidas son una cuestión recurrente en la historia del mundo, con especial énfasis en los últimos siglos, escenario de grandes cambios en las relaciones humanas y en el orden mundial. Esta cuestión es demasiado intensa para discutirla aquí en su totalidad, por lo que, en primer lugar sólo me centrare en las actuales manifestaciones de estos esfuerzos y en sus raíces, con un ojo puesto en lo que podría llegar. Lo haré desde una perspectiva global , sin duda el espacio en que estas cuestiones surgen.

Durante el año pasado, las cuestiones globales fueron vistas en términos vinculados a la noción de soberanía, esto es, al derecho de las entidades políticas a seguir su propio curso,que puede ser inofensivo o nefasto, y hacerlo sin interferencias externas. En el mundo real, las interferencias se producen por parte de poderes extremadamente concentrados, cuya sede está en EE UU. Este poder global concentrado tiene varios nombres, dependiendo de qué aspecto de soberanía y libertad tenga uno en menee. Así, a veces se llama consenso de Washington, o complejo Wall Street-Tesoro Público, u OTAN, o burocracia económica internacional (la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial, y el FMI), o G-7 (los países ricos, occidentales e industriales) o G-3 o, quizás mejor G-l. Desde una perspectiva más de fondo, podríamos describir estos poderes como un puñado de grandes empresas -a menudo unidas por alianzas estratégicas que administran una economía global que constituye, de hecho, una especie de mercantilismo corporativo que tiende al oligopolio en la mayoría de sectores, abiertamente aliadas con el poder estatal en su tarea de socialización del riesgo y el coste y para la subyugación de los elementos recalcitrantes.

Durante el año pasado las cuestiones de la soberanía han surgido en dos campos. Una tiene que ver con el derecho soberano de estar a salvo de una intervención militar. Aquí las cuestiones surgen en un orden mundial basado en estados soberanos. En segundo lugar aparece la cuestión de los derechos de soberanía desde el punto de vista de la intervención socioeconómica.

Estos temas surgen en un mundo dominado por empresas multinacionales, especialmente instituciones financieras y por un esquema integral que ha sido construido para servir a sus intereses (por ejemplo, algunos de estos asuntos surgieron inopinadamente en Seattle en noviembre pasado).

En lo que se refiere a las intervenciones militares, fue este un tema de primer orden el año pasado. Dos casos tuvieron particular significado y atención: Timor Oriental y Kosovo (en orden inverso, lo cual tiene su interés, ya que invierte el calendario y el significado). Habría mucho que decir sobre este tema si el espacio lo permitiera. Pero aquí voy a tratar sobre la segunda cuestión y me voy a centrar en ella, es decir, en soberanía, libertad y derechos humanos. Estos son los temas que despuntan en terreno socioeconómico.

Para empezar cabe hacer un comentario general: la soberanía no es un valor en sí misma. Es tan sólo un valor en la medida en que relaciona la libertad y los derechos, ya sea potenciándolos o debilitándolos. Me gustaría dar por sentado algo que puede parecer obvio, pero que de hecho es polémico.

Cuando hablamos de libertad y derechos, nos viene a la mente el concepto de seres humanos, esto es, personas de carne y hueso, no abstracciones políticas o construcciones legales como empresas, o estados, o capital. Si dichas entidades tienen algún derecho, lo cual es discutible, debe ser derivado de los derechos de la gente. Este es el núcleo de la doctrina liberal, y a ella se oponen los sectores más ricos y privilegiados, y esto es así tanto en el campo político como en socioeconómico.

En el campo de la política, el eslogan habitual es <>, pero el esquema de funcionamiento difiere bastante de eslogan, pues consiste en considerar al pueblo como un enemigo peligroso. Debe ser controlado, por su propio bien. Estas consideraciones se retrotraen a varios siglos, hasta las primeras revoluciones democráticas modernas, en el siglo XVII en Inglaterra y un siglo más tarde en las colonias norteamericanas

En ambos casos los demócratas fueron vencidos usando todos los medios, aunque no del todo ni para siempre. En el siglo XVII, en Inglaterra, gran parte de la población no quería ser dominada ni por el rey ni por el parlamento. Recordemos que son éstos los dos contendientes en la versión al uso de la guerra civil pero, como en la mayoría de guerras civiles una buena parte de la población no quería a ninguno de los dos. Tal como se leía en sus panfletos, querían ser gobernados «por gente del campo como nosotros, que conocen nuestras s necesidades», no por «caballeros y nobles qua nos imponen leyes, son elegidos por miedo, nos oprimen , y no conocen los males de la gente».

Estas mismas ideas animaron a los granjeros rebeldes de las colonias un siglo más tarde, Pero el sistema constitucional fue diseñado de modo bastante diferente. Fue construido Para bloquear tal herejía. El objetivo era “proteger a la minoría opulenta frente a la mayoría”, y alenta frente a la mayoría», y asegurarse de que “el país es gobernado por aquellos que lo poseen”. Estas son las palabras del líder granjero ]ames Madison, y del presidente del Congreso Continental y primer juez del Tribunal Supremo, John ]ay. Dicha concepción prevaleció, pero los conflictos continuaron. Han adoptado continuamente nuevas formas ,de hecho están abiertos, y a pesar de todo, la doctrina elitista continúa inamovida en lo esencial.

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