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¡Ya estamos alcanzando a Dinamarca!
El viacrucis empieza aquí, en urgencias
Por Susana Gamboa Salazar
Dinamarca queda por allá… el vía crucis comienza aquí, en Urgencias.
Hay mentiras piadosas y mentiras políticas; después está esa extravagancia intelectual que consiste en comparar el sistema público de salud mexicano con el de Dinamarca.
Para sostener semejante afirmación hace falta una de dos cosas: una imaginación prodigiosa o no haber pisado una sala de urgencias del Hospital Regional Ignacio Téllez T-1, el O’Horan, el IMSS Juárez o cualquier otro nosocomio de gobierno en mucho tiempo, porque la realidad tiene una pésima costumbre: no cooperar con la propaganda.
Mientras desde los atriles mañaneros se anuncian sistemas sanitarios de clase mundial, en los hospitales el ciudadano aprende otra geografía: la del pasillo donde llevan doce horas… ¡o días! esperando una camilla; la del tomógrafo descompuesto; la del estudio subrogado porque el aparato volvió a averiarse; la del medicamento que “no ha llegado”; la del familiar que duerme sentado sobre una banca de metal esperando que alguien, por simple humanidad, le diga qué demonios está ocurriendo con la persona que ama… La hacinación es contundente y por necesidad nos obliga a pensar en aquellos campos que, en comparación, son deliciosos centros de distracción y extrema placidez, como lo fueron los campos de recreo de los guetos de Varsovia; o el de Auschwitz-Birkenau, de la Alemania nazi; o, aquí en nuestra América querida, las favelas de Brasil, etc., etc.
Ese es el verdadero mapa del sistema de salud, uno que no aparece en los informes de gobierno porque las instituciones hablan en porcentajes y los pacientes en cicatrices; las cicatrices siempre terminan siendo mejores historiadoras que las conferencias de prensa gubernamentales.
Hay quien sostiene que la percepción no necesariamente refleja la realidad. Es cierto, pero cuando cientos, miles o millones de percepciones apuntan exactamente hacia el mismo sitio, dejan de ser una simple opinión para convertirse en un fenómeno social.
Toda estadística nace de una repetición y toda repetición comienza con una experiencia. No es casualidad que buena parte de la conversación cotidiana sobre el sistema de salud esté formada por historias que, aunque anecdóticas, resultan inquietantemente parecidas en el DESABASTO. Siempre falta algo: si no falta el medicamento, falta el especialista; si no falta el especialista, falta el equipo; si no falta el equipo, falta el quirófano; si no falta el quirófano, falta el sistema y, cuando finalmente nada falta, suele faltar algo todavía más escaso: ¡¡LA EMPATÍA!! Este recurso parece encontrarse más desabastecido que algunos medicamentos.
Existe una paradoja fascinante: la medicina nació como una de las profesiones más profundamente humanistas; sin embargo, en algunos espacios hospitalarios pareciera que la bata blanca produce un extraño fenómeno físico.
No protege contra bacterias, ¡¡protege contra la sensibilidad!! Como si al colocársela algunos olvidaran que frente a ellos no hay expedientes clínicos, sino personas.
La enfermedad convierte al ser humano en vulnerable; la medicina debería devolverle dignidad; demasiadas veces ocurre exactamente lo contrario.
No todos los médicos son así y sería intelectualmente deshonesto afirmarlo, además de una injusticia para quienes sostienen, prácticamente solos, hospitales enteros con profesionalismo admirable.
Pero precisamente por respeto a esos médicos extraordinarios resulta indispensable hablar de quienes han convertido la vocación en aberrante burocracia y la consulta en un trámite, porque no existe mayor traición al Juramento Hipocrático que ejercer la medicina sin misericordia.
Hipócrates jamás prometió curar a todos; prometió no olvidar que el paciente era un ser humano. Esa parte pareciera haberse extraviado entre formatos administrativos, relojes checadores y egos profesionales.
Hay testimonios particularmente reveladores: familiares que afirman haber escuchado comentarios burlones frente a pacientes gravemente lesionados.
Expresiones como “se les salió el mole” —si ocurrieron en los términos relatados— quizá provoquen risas, puertas adentro, entre quienes han normalizado el horror cotidiano, pero para quien acaba de ver desangrar a un pariente, fallecer a su hijo, a su esposa o a su padre, esa frase no es humor negro; máxime si fue causa de grave negligencia, de la cual, al parecer, ya existen abundantes demandas, que no son, por cierto, minúsculas.
Es una forma de violencia. El problema nunca ha sido el sarcasmo; el problema es el destinatario, porque el dolor ajeno jamás debería convertirse en entretenimiento profesional.
Y antes siquiera de llegar al consultorio aparece el primer guardián del sistema: el vigilante, curiosa figura. En teoría está para brindar seguridad; en la práctica, para muchos ciudadanos, termina funcionando como un examen de resistencia emocional. Pareciera que el perfil de contratación privilegiara tres requisitos fundamentales: escasa paciencia, tono marcial y absoluta incapacidad para distinguir entre autoridad y descortesía.
Cumplir un protocolo no exige perder la educación; aplicar un reglamento no obliga a despojarse de la cortesía. Quizá sería oportuno exigir que todo personal de vigilancia hospitalaria acreditara formación certificada en atención al público, manejo de crisis, comunicación, derechos humanos e inteligencia emocional; porque custodiar puertas es relativamente sencillo, lo verdaderamente difícil es no olvidar que detrás de cada visitante existe alguien que probablemente lleva horas sin dormir, días sin comer y semanas viviendo con miedo.
Hay historias que, aun cuando pudieran parecer inverosímiles, sobreviven porque encuentran eco en demasiadas personas, como aquella según la cual un médico habría abandonado su consulta vespertina para mirar el partido inaugural de la selección mexicana, mientras los pacientes permanecían esperando. Según quienes estuvieron presentes, fue un integrante del propio personal quien, cansado de las preguntas, terminó confesándolo en voz alta.
Tal vez sea un episodio aislado, tal vez. Pero las instituciones deberían preguntarse algo mucho más preocupante: ¿Por qué una historia así resulta tan fácil de creer?
La confianza pública se derrumba mucho antes de que exista una sentencia. Basta con que la ciudadanía deje de sorprenderse. Y acaso ahí reside la tragedia más profunda. La gente ya no espera excelencia. Aspira simplemente a no ser maltratada. Ese descenso en las expectativas constituye el indicador más brutal del fracaso institucional. Cuando la dignidad deja de ser un derecho y comienza a sentirse como un privilegio, algo esencial se ha roto, no solo en los hospitales, ¡en el pacto social!
Mientras tanto, desde el poder continúa repitiéndose la promesa de un sistema equiparable al de Dinamarca. Tal vez habría que hacer una pequeña precisión geográfica. Dinamarca no está en los discursos; está en los hospitales donde el paciente no teme preguntar, donde el familiar no es tratado como un estorbo, donde el vigilante orienta antes de reprender, donde el médico conserva intacta la capacidad de conmoverse, donde la empatía no depende del carácter del personal sino que constituye parte del estándar profesional, porque un sistema de salud no alcanza el primer mundo cuando compra un tomógrafo; lo alcanza cuando deja de tratar al ciudadano como si pedir atención fuera una insolencia. La verdadera modernidad no se mide en resonancias magnéticas; se mide en humanidad.
Y mientras la bata siga siendo, para algunos, una prenda que impermeabiliza contra la compasión; mientras la soberbia continúe confundida con autoridad; mientras la indiferencia sea el idioma oficial en demasiados pasillos hospitalarios, la comparación con Dinamarca seguirá siendo eso: una magnífica pieza de literatura fantástica.
La ciencia médica salva vidas; la deshumanización las convierte en expedientes.
Y ningún país puede llamarse civilizado cuando lo único verdaderamente eficiente de su sistema de salud es la distancia entre el discurso oficial y la realidad que padecen sus ciudadanos.