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Un drama contado mil veces

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Los paracaidistas olvidados del sur

Redacción/Sol Yucatán

Un gran sector de la población yucateca vive con diversas carencias, una de las más evidentes es la vivienda, ya que mucha gente en situaciones complicadas debe recurrir a volverse “paracaidistas”, pues deben buscar terrenos para poder construir sus casas con materiales que tengan a su disposición, aunque se trate de estructuras que no tengan tanta estabilidad, afectando la calidad de vida a la que se exponen. Entre estos grupos marginados se encuentran niños, adultos, gente de la tercera edad e inclusive personas con diversas discapacidades, por lo que tener una vivienda que no se encuentra en óptimas condiciones pone en riesgo su integridad física. En el sur de Mérida es fácil encontrar este tipo de asentamientos, en colonias como Roble Agrícola, Dzununcán, Emiliano Zapata Sur, son unas de las zonas donde es más común encontrar este tipo de situaciones.

Lázaro del Carmen Miguel Padilla.
“Yo voy a cumplir 60 años, tengo diabetes y por eso me han cortado una pierna y hace poco querían cortarme la otra. Tengo un corte en mi pie y aún no cierra, pero es por eso, por la diabetes. Antes yo me dedicaba a ser albañil y si no había trabajo, iba por mi triciclo de leña para sacar para el día, pero en que me pasó esto de la diabetes no puedo hacer casi nada, luego me duelen los brazos o el cuerpo, porque no estoy en movimiento”.
“Llegué aquí porque no daba el dinero para rentar y para comer, entonces tocó adaptarse, solo que sí ha sido un poco más difícil por mi enfermedad, pero trato de no dejarme. Yo recibo apoyo del bienestar para discapacitados, pero es todo mi ingreso, de ahí en más, estoy al día”.

María del Carmen Cárdenas Chan.
“Yo me dedico a vender pozol y tortillas aquí por la colonia, salgo a la calle y me pongo a vender, solo así tengo mi dinerito diario, tengo 68 años, entonces sí recibo mi pensión de “65 y más”, pero con eso la verdad es que es un apoyo, no alcanza, lo que tengo que hacer es vender y también las vecinas me ayudan con lo que pueden de vez en cuando”.
“Siento que vivir así fue lo único que me quedaba, porque no había a dónde ir, la verdad es que no alcanza para la renta y pues con lo poco que junto apenas nos alcanza y eso que aquí no pagamos nada, solo nuestra comida, entonces como no nos alcanza tenemos que estar aquí, hay personas que tienen sus casitas aquí, pero no vienen, eso es porque ellos sí tienen dónde vivir, no necesitan casa”.

Glendy.
“Yo llegué aquí hace cuatro años o hasta más, cuando llegué estaba mi bebé tiernita, tenía 8 días de nacida, pero así nos tocó vivir, la verdad es que la renta no alcanzaba, para entrar a una casa nos pedían como 15 o 20 mil pesos, pero eso es dinero que no había, entonces fue en que llegamos aquí a la invasión de Roble, fui una de las primeritas en atreverme, pero realmente fue por necesidad, porque no había a dónde ir”.
“Cuando llegamos todo esto era monte, nosotros tuvimos que limpiar el terreno para establecer nuestra casa, mucha gente cree que estas casas ya tenían el patio limpio y bonito, pero no es verdad, nosotros nos esforzamos porque es nuestra casa, aunque sea así de maderas y palos, es lo que nosotros tenemos”.

Veraluci Vidal.
“Yo soy madre soltera, vengo del estado de Tabasco, pero llevo viviendo aquí en la invasión desde hace cuatro años, de hecho, vivo aquí con mi hija pequeña, tiene 4 años, pero ella no habla. Sí la he querido meter al kínder, pero por aquí cerca del Roble no hay una escuela que dé desde el primer año, entonces estoy esperando a que se vuelvan a abrir las inscripciones para ahora sí meter a mi hija a la escuela”.
“Vivo con un gasto semanal de 600 pesos, eso es lo que me da el papá de mi hija, él trabaja en Cancún y estamos separados desde hace un tiempo. Yo me ayudo con los vecinos, de momento nos ayudan con comida o algo por ahí, pero es todo lo que tenemos, yo no puedo trabajar porque no tengo con quién dejar a mi niña, ella de pequeña se rompió sus dos bracitos, entonces me da miedo dejarla con alguien más”.

Sonia.
“Cuando llegué aquí con mi esposo no teníamos nada, rentábamos casa, pero como a todos nos pasa, de momento el dinero no daba, entonces venimos aquí, solo teníamos una lona amarrada con palos y eso era nuestra casa. Mi esposo poco a poco y con chambitas fue sacando para que podamos ir construyendo un techito, pero a veces sí cuando llueve, por ejemplo, entra el agua a la casa”.
“No es tan peligroso como parece, pero vivir en una invasión sí tiene mucho riesgo, porque a veces nos ha tocado gente que te habla de noche para que los acompañes a ver que según a alguien lastimado, una vez nos pasó, salí con mi machete, no estaba mi esposo y alguien llamó a la puerta, sí lo iba a acompañar, pero algo me dio un mal presentimiento y mejor no salí, creo que es a los peligros a los que nos exponemos por vivir por aquí”.

Israel.
“Mi esposa y yo somos de las pocas personas que vivimos aquí en la invasión, yo trabajo de noche a veces y ella se queda sola, entonces pues somos un equipo, porque yo veo por el trabajo y ella cuida la casa, de hecho, no sale, ella se queda aquí todo el día por lo mismo, aparte de que tenemos el dinero justo”.
“Da coraje que mucha gente invadió terrenos y no los vive, porque al final es una ayuda para los que de verdad no tenemos de dónde y mientras a nosotros nos ha ido mal, con la lluvia, con los moscos, yo tengo mis poquitas herramientas que me sirven para hacer chambitas, entonces no falta la persona mal intencionada que se quiera meter a robar a pesar de que nos vea así fregados”.

Alejandra Aban Kantún.
“Soy yucateca, llevo viviendo aquí en la invasión como todos, desde hace como cuatro o cinco años, vivo con mis tres hijos y con mi esposo. Tengo un niño de 10 años que tiene discapacidad y mi niña más pequeña tiene apenas 8 días, enfermé en el Hospital Corea, la atención fue buena, pero aquí estamos, mi esposo es el que trabaja y yo me quedo aquí en la casa porque no hay quien cuide a mis niños”.
“Sí recibo apoyo para mi niño de 10 años, por parte del DIF, pero no hay nada más para la casa o algo, porque sí cuando llueve o pasa algo nos da miedo, hasta ahora mi casita está firme, pero de momento sí nos da en qué pensar”.

Miguelina Rincón.
“Yo vivo sola aquí, me mantengo con pequeños trabajos, yo la verdad hago de todo para poder tener mi dinerito, que si riego plantas, que si chapeo, hasta albañilería, lo que me pongan. Yo soy del estado de Chiapas, de Pichucalco, pero llevo muchos años viviendo en Mérida, yo rentaba casa y cuando dejé eso empecé a vivir con mis hijas, pero como dice el dicho, ‘el muerto y el arrimado a los tres días apestan’, entonces mejor vine aquí”.
“Tengo diabetes y cáncer de mama ya desde hace mucho tiempo, pero no tengo seguro, sí tengo luz, pero no tengo como para la medicina, la insulina es muy cara, yo lo que hago es hacer mi propia insulina, tengo mis plantitas aquí en mi patio, de aquí agarro para cocinar y para cuidarme con mis matitas, yo siempre lo he dicho, yo soy hierbatera, a mí me gusta todo eso”.

Moisés Vidal Ramos.
“Yo fui de los fundadores de aquí, nosotros llegamos cuando todo esto era monte, había piedras, espinas, de todo, pero nosotros fuimos los que empezamos a abrir brechas, a dividir espacios, limpiar las casas. En todo este tiempo he visto cómo la gente viene y se va, porque creen que vivir aquí es fácil, porque no empezando a vivir aquí te dan tu terreno, pero mucha gente así lo cree”.
“Yo vengo y ayudo en lo que puedo a las personas, abro caminos, ayudo a limpiar los terrenos, pero también ayudo a que no estafen a la gente, luego aquí quieren vender terrenos que sí en 20 o 15 mil pesos, pero todo eso a veces no está bien, porque venden tierras que ya se vendieron, entonces aquí en lugar de apoyar solo afectan, porque hay personas que no vienen aquí a vivir, solo vienen de paseo, pero esa es gente que no necesita su casita”.

Ingrid Caraveo.
“Yo soy de Tabasco, pero cuando tenía 18 me salí de casa de mi mamá, empecé a vivir entre casas de conocidos o de familiares, pero era así informal, daba dinero para la comida o para algunos gastos. Ahora tengo 20 años y sí trabajo, hago ventas por catálogo y también soy mesera, solo que ahí es una semana trabajas y la otra no, entonces así me voy apoyando con mis gastos”.
“Estudio la universidad, de hecho, ahí mi papá me ayuda con los gastos de la escuela y mi mamá me ayuda con la comida o en cuidar mi casa, hoy por hoy creo que tengo otras prioridades para el futuro y la verdad a mí me gustaría que el IVEY nos asigne por aquí, porque ya nos acostumbramos a la zona y pues llevamos años viviendo aquí, realmente si estamos viviendo aquí es porque realmente no tenemos a dónde ir, si tuviéramos otra opción la tomaríamos”.

María Nataly Amaro González.
“En mi casa vivimos cinco personas, es un espacio muy pequeño, pero aquí vemos cómo acomodarnos, tenemos a los niños, a mi hijo y a mi nuera. Ya nos acomodamos aquí, pero sí queremos, por ejemplo, hacer más, pero no se puede, aunque quieras construir o algo el dinero no da para eso”.
“Creo que sí falta más ayuda por aquí o mejor dicho más agilidad por el IVEY para que nos ayuden con los terrenos, hoy por hoy no tenemos tranquilidad o algo seguro, entonces nos da miedo, por ejemplo, llegar y que ya nos estén sacando”.

José Manuel Gómez Sevilla.
“Yo me dedico a la taxeada y la verdad a veces no sale, pero de ahí tengo que sacar para mi renta y para la gasolina, a veces salimos cortos de dinero y no hay. No alcanza para construir por aquí, aunque uno quiera, por ejemplo, hacer un piso o un muro no se puede, no hay dinero, lo poco que tengo del taxi es para la comida”.
“Vivimos al día, eso es todo lo que tengo que decir, porque no tenemos un sueldo o algo, aquí vivimos todos, espero que de verdad sí nos puedan ayudar con nuestra casita porque no tenemos otro lugar, aquí nos adaptamos a todo, por el baño, los cuartos y sobre todo por el riesgo de dejar la casa para trabajar, porque nunca se sabe quién te anda vigilando para robar”.

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