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Raúl Osorio deja la Beneficencia Pública

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Cambia de pista el payaso

Redacción/Sol Yucatán

La política yucateca no deja de sorprendernos, aunque últimamente el espectáculo parece más un número de circo de baja categoría que un ejercicio serio de gobernanza. La más reciente novedad en la carpa de Morena es la renuncia de Raúl Osorio Alonzo a la dirección de la Beneficencia Pública del Estado. Fiel al libreto de los políticos que buscan asegurar el hueso sin importar la vía, el funcionario tiró la toalla anticipando “nuevos retos”, en una clara maniobra para posicionarse en la carrera rumbo a las elecciones de 2027.

Lo que en verdad resulta cómico —o francamente trágico para los votantes— es el perfil con el que la «Cuarta Transformación» pretende conquistar a los meridanos. Hablamos de un personaje cuyo mayor logro mediático y credencial académica ha sido contonearse como bailarín en la televisión nacional y ostentar el gallardo título de exrey feo del Carnaval de Mérida. Que este sea el cuadro «de peso» que Morena baraja para buscar la alcaldía de la capital —o de perdida acomodarlo en el cuarto distrito local si la jugada grande no resulta— deja al descubierto la profunda sequía de perfiles serios y capacitados dentro del partido guinda.

Resulta irónico que un partido que predica la «transformación profunda» eche mano de la farándula trasnochada y del oportunismo político para rellenar sus boletas. Pasar de repartir apoyos asistenciales a soñar con el palacio municipal de Mérida requiere más que carisma de matiné o pasos de baile ensayados; requiere capacidad de gestión, visión urbana y un mínimo de rigor político.

Sin embargo, para la dirigencia guinda en Yucatán, el currículum parece ser lo de menos. Lo importante es que el rostro suene, aunque sea por haber amenizado tardes televisivas o saludado desde un carro alegórico entre serpentinas. Con la salida de Osorio de la Beneficencia Pública, la función apenas comienza: el payaso cambia de pista, la pista de circo se traslada a la contienda electoral y, como siempre, los ciudadanos pagan el boleto para ver el mismo espectáculo ridículo de cada tres años.

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