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¡Los amos del norte!

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  • El imperio de tierra y poder del clan Abraham Mafud posee una fortuna inmobiliaria que supera las 800 hectáreas en las zonas más exclusivas de Mérida, con un valor que supera los 2 mil 500 millones de pesos.
  • El plan comenzó con operaciones que pasaron inadvertidas. En el corredor Chablekal–Komchén–Xcunyá–Cosgaya el clan adquirió terrenos rústicos y ejidales a precios de liquidación
  • El secreto del clan no está en construir, sino en adelantarse al desarrollo. Compran barato, regularizan, dividen y esperan. Mientras el gobierno pavimenta, instala agua o abre nuevas rutas de transporte, el valor de su suelo se multiplica.

Redacción/Sol Yucatán

En Yucatán, el crecimiento del norte de Mérida no fue espontáneo, fue diseñado desde los despachos notariales y los escritorios familiares. Las escrituras, las daciones y las adjudicaciones revisadas en casi dos centenares de documentos oficiales, fechados entre 2017 y 2025, trazan una misma línea de poder, con un apellido que se repite en folio tras folio: Abraham Mafud.

Bajo ese nombre, y a través de sus ramificaciones Xacur y Goff, opera una red patrimonial que ha acumulado más de 800 hectáreas en los corredores más codiciados de Yucatán. Hoy, esa superficie equivale a un valor de más de 2,500 millones de pesos, considerando la plusvalía 2025 del suelo en el norte y la costa del estado.

El expediente es monumental: 190 escrituras, adjudicaciones, daciones en pago, herencias y subdivisiones que convierten la tenencia rústica en una arquitectura empresarial de suelo, legalizada milímetro a milímetro con precisión quirúrgica.

De ejido a oro urbano. El plan comenzó con operaciones que pasaron inadvertidas. En el corredor Chablekal–Komchén–Xcunyá–Cosgaya, el clan adquirió terrenos rústicos y ejidales a precios de liquidación. Escrituras de 2017, firmadas por el notario Héctor José Victoria Maldonado, consignan compraventas por montos simbólicos y frases clave del Registro Agrario Nacional: “por instrucciones del Presidente”.

Con el tiempo, esos mismos predios pasaron de ser tierras agrícolas a convertirse en reservas urbanas de alta demanda. En 2025, el valor del metro cuadrado en esa franja rebasa los 3,000 pesos, impulsado por la expansión de Mérida y la especulación inmobiliaria que arrastra consigo vialidades, fraccionamientos y complejos cerrados. Donde hace cinco años había monte, hoy se trazan avenidas; donde había ejido, hoy se levanta el futuro suburbano de la élite.

La joya del portafolio es la herencia Cosgaya–Suytunchén (tablaje 12617), una extensión de 235 hectáreas adjudicadas en 2019 a los seis hermanos: Carlos Enrique, Sergio Asís, Roberto, Raúl, Ricardo y Javier Abraham Mafud, cada uno con un 14% de participación.

El testamento de su madre, Florita Mafud Jorge, se convirtió en el punto de partida para consolidar una reserva territorial que cubre casi todo el norte rural de Mérida. Esa tierra, que en papel se repartió, en los hechos permanece bajo control del grupo, gestionada y utilizada como un solo bloque para futuros desarrollos.

Cada hectárea, cada subdivisión y cada autorización catastral fue tramitada bajo una misma lógica: mantener el dominio dentro de la familia y multiplicar el valor por inercia urbana.

El método Abraham. Si algo caracteriza al clan, es la disciplina. Ninguna operación es improvisada. Las daciones, donaciones y herencias no son actos aislados, sino movimientos dentro de una coreografía legal que se repite con exactitud.

Entre 2019 y 2021, Gerardo Abraham Goff, primo directo del núcleo principal, donó a Carlos Enrique Abraham Mafud varios terrenos en Hunucmá (Texán y anexas), Ucú, Umán (San Antonio Poxilá) y la zona costera de Progreso–Flamboyanes. En todas las escrituras aparece la Notaría 20 de Mérida, a cargo de Antonio Rubio González, y el mismo apoderado legal, Carlos Enrique Abraham Goff, fungiendo indistintamente como representante y beneficiario.

Las fechas se repiten. Los nombres se reciclan. El patrón es inequívoco: una familia moviendo suelo entre sus propias manos para blindar patrimonio y anticipar urbanización.

En Mérida capital, Raúl Abraham Mafud (Q.E.P.D.), albacea general del clan, transfirió por donación porcentajes de propiedad a sus hijos Raúl Asís y María Cristina Abraham Rodríguez sobre predios urbanos de la Colonia México, Pacabtún y Villas del Rey, zonas con valores actuales de entre 4,500 y 5,000 pesos por metro cuadrado.

El gesto, presentado como una liberalidad familiar, en realidad perpetúa el control del suelo dentro del árbol genealógico.

Progreso: el mapa del futuro. Los documentos más recientes, fechados el 28 de octubre de 2024, revelan la siguiente etapa del proyecto: la expansión hacia la costa. Ese día, la Notaría 92 de Ricardo Alberto Gutiérrez Cervera inscribió en el Registro Público una serie de divisiones simultáneas en los tablajes 53138 al 53147 del municipio de Progreso.

Las nuevas escrituras no solo fraccionan el terreno: crean predios con uso de “vialidad”. En términos simples, las calles de un fraccionamiento privado que aún no se anuncia públicamente, pero que ya existe jurídicamente.

Los oficios catastrales anexos, fechados en junio de 2024, autorizan esas divisiones, lo que indica que el trazo urbano fue preparado meses antes. El Registro, una vez más, se convierte en un tablero adelantado: los Abraham Mafud abren las calles antes de vender los lotes.

En Progreso y Flamboyanes, el valor del metro cuadrado se disparó hasta $2,800, una cifra 40 veces superior a los precios declarados en las daciones originales. El crecimiento turístico y la presión inmobiliaria convirtieron esos terrenos rústicos en activos millonarios.

El negocio perfecto. El expediente demuestra que el secreto del clan no está en construir, sino en adelantarse al desarrollo. Compran barato, regularizan, dividen y esperan. Mientras el gobierno pavimenta, instala agua o abre nuevas rutas de transporte, el valor de su suelo se multiplica.

En Xcunyá, por ejemplo, un terreno de 54,987 metros cuadrados fue declarado en dación en pago por 3.55 millones de pesos, es decir, 65 pesos por metro cuadrado. Hoy, en 2025, el valor de mercado supera los 2,500 pesos.

En Cosgaya, las escrituras de 2020 muestran ventas de hectáreas completas con importes que hoy no alcanzarían para adquirir un solo lote habitacional. La brecha entre el papel y la realidad económica es tan grande que el diferencial patrimonial supera el 99% de ganancia latente.

No se trata de simples errores de valuación. Es una práctica sistemática de subdeclarar precios para pagar menos derechos e impuestos, y luego aprovechar el aumento de la plusvalía sin costo fiscal. Cada folio funciona como una pieza de ingeniería financiera, pero operada desde las notarías, no desde los bancos.

Los nombres detrás del poder. El clan principal se compone de Carlos Enrique, Sergio Asís, Roberto, Raúl, Ricardo y Javier Abraham Mafud, herederos directos del patrimonio de Florita Mafud Jorge.

A ellos se suman los Abraham Xacur, María Isabel, José Antonio, Alberto José y Mario José, empresarios del sector industrial y financiero, y la rama Goff, encabezada por Gerardo Abraham Goff y Mercedes Araminta Goff Ailloud.

En conjunto, la familia no solo controla tierra: tiene presencia en constructoras, factorings, fideicomisos y empresas de servicios vinculadas a obra pública. Sus apellidos aparecen en actas constitutivas de desarrolladoras, firmas inmobiliarias y despachos financieros que han intermediado operaciones de crédito y urbanización en Mérida y el litoral.

La fortuna invisible. Según la evaluación patrimonial consolidada, el conjunto de propiedades documentadas supera los 2,500 millones de pesos al valor de mercado 2025. Las zonas con mayor peso económico son Chablekal, Komchén y Cosgaya, donde la tierra adquirida como ejido se transformó en oro urbano, Ucú y Tamanché, que hoy funcionan como reserva logística del poniente industrial, y Progreso–Flamboyanes, la puerta costera de la próxima expansión residencial.

El total de superficie controlada ronda las 800 hectáreas, el equivalente a ocho colonias completas de Mérida. Y aunque cada predio aparece a nombre de un familiar distinto, el patrón de administración, los notarios y los apoderados revelan un mando unificado. El clan funciona como una empresa de tierra con rostro familiar.

La otra cara del desarrollo. El ascenso económico de los Abraham Mafud no se mide en torres ni en proyectos públicos, sino en el dominio del subsuelo. Mientras los discursos oficiales presumen crecimiento y atracción de inversión, ellos poseen el insumo base de todo desarrollo: el terreno.

Donde el Estado abre una calle, ellos ya compraron la manzana, donde se anuncia un corredor turístico, ellos ya dividieron el tablaje. No necesitan licitaciones ni créditos: tienen tiempo, información y herencia.

Los documentos que sustentan este reportaje, 190 en total, no dejan espacio para la duda. Es un caso de concentración patrimonial a escala regional, legalizado paso a paso, con una coordinación familiar digna de una firma corporativa.

Detrás de la apariencia discreta de los notarios, las daciones y las herencias, se construye un mapa de poder donde el apellido pesa más que cualquier plan urbano.

Yucatán tiene nuevos terratenientes, pero no llevan sombrero ni botas: usan traje, registran sociedades, se mueven entre fideicomisos y operan desde oficinas en Paseo de Montejo. Su fortuna no se ve en los edificios, sino bajo la tierra. Son los amos del norte, los arquitectos silenciosos del crecimiento de Mérida y los dueños de la plusvalía más cara del sureste mexicano.

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